Este Búho aprovecha el calorcito para escaparse con sus cachorros a Por eso, prendo mi carrito, nos echamos bloqueador ultra, inflamos los flotadores, cargamos la pelota, encendemos la radio y ponemos a los Nosequién y los Nosecuántos: “El día empieza, iremos hacia el sur/ Qué caro está el peaje, qué caro está el Perú/ Kilómetro 40/ Doblando a la derecha, un camino de tierra/ El cielo azul anuncia un día de luz”.

El airecito fresco entra por la ventana. Mientras manejo, pienso en la suerte que he tenido de haber disfrutado de casi toda nuestra costa peruana, de norte a sur. Muchas veces viajé por cuenta propia, cuando era un muchacho libre e indocumentado, y otras tantas por este hermoso oficio.

En mis épocas de mozuelo tiraba dedo sin roche. No tenía miedo y, más bien, me creía inmortal. Cargaba una mochilita en la que apenas metía un polo y un short. Cuando un camión me recogía y me trepaba en la tolva, aprovechaba para leer mis libros favoritos o para fotografiar los paisajes.

Así llegué por primera vez a Máncora, ese balneario que hace algunos meses fue devorado por la mar brava. Entonces, hace dos décadas, ya llegaban surfistas de todo el mundo. Las juergas en su bulevar eran salvajes, desenfrenadas. El alcohol y las drogas corrían con desparpajo y las fiestas se prolongaban hasta que despuntara el sol.

El boom hotelero empezaba a crecer, recuerdo. Y ya hoy se ha convertido en un balneario cosmopolita y exclusivo. En esa ruta norteña también podría mencionar Huanchaco, en Trujillo, en donde pude navegar en un tradicional caballito de totora. A la orilla de ese mar de aguas mansas acampé varias noches. Hoy esa actividad sería peligrosa.

Es difícil creer cómo aquella ciudad se ha convertido en tierra de nadie. Y la única ley es la ley del hampa. Y si no te mata un criminal, lo hace la desidia de las autoridades, como ha sucedido recientemente en el Real Plaza. Muy a pesar de todo eso, Trujillo y sus playas nunca dejarán de ser de mis favoritas.

Muchos años después, como periodista, tuve el privilegio de conocer Tortugas, un balneario en Casma. Sus aguas turquesas como en el Caribe, en donde probé el mejor pejerrey arrebozado de mi vida. Según los lugareños, una vez al año llegaban hasta ese balneario cientos de tortugas para desovar, de ahí el nombre.

Unas pocas horas más al sur está Tuquillo, en Huarmey. La primera vez que llegué fue con un viejo amigo fotógrafo. En esos años era solo un rumor. Se decía que había una playa virgen, de aguas claras y arena blanca, que parecía una piscina. Curiosos, nosotros nos enrumbamos. Luego de un camino de trocha llegamos a Tuquillo, y realmente era la joya escondida del norte chico. En esos años era un descampado, de difícil acceso.

Hoy tiene hoteles con piscina, restaurantes con vistas al mar y el ingreso ya se encuentra asfaltado. Cada día se organizan caravanas para visitarla, pues su cercanía a Lima la hace atractiva para ir un fin de semana con la familia. Sin duda, este país está bendecido. Su geografía es inigualable y nos permite disfrutarla todo el año. Me quedé corto rememorando mis playas favoritas, las que he visitado desde mi juventud hasta ahora que tengo mis cachorros, y ya no me lanzo al mar como un ‘tiburón’, sino que me relajo bajo una sombrilla con mi raspadilla de fruta. Apago el televisor.

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